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La angustia se alimenta de la oposición que le hacemos

AlbertRams

Albert Rams, psicólogo, pionero de la terapia Gestalt en España

Tengo 56 años. De Valencia, vivo en Barcelona, donde codirijo la Escuela Taller de Gestalt. En proceso de separación, tengo tres hijos: Martí (24), Ana (19) y María, que falleció hace 20 años. Creo que la transformación personal puede llevar a una transformación colectiva. Me siento parte de un todo.

Cultivar la atención

Cuando la vida golpea a un terapeuta, sus cuestionamientos, búsquedas y reflexiones se filtran y enriquecen su disciplina. “Mis 35 años de carrera han tenido dos manos: la ortodoxa, de formador de formadores, supervisor… y la de los grupos raros con los que he ido ahondando en la importancia de la espiritualidad en la experiencia terapéutica”. Espiritualidad trabajada, por ejemplo, mediante la atención y el trabajo con la naturaleza. De ahí nace su último libro, Gestalt y atención (Ed. La Llave). Atención, explica, para entender que somos al menos dos: ego y esencia. Y que el retorno a la esencia, entendida como la máxima pureza posible en cada momento, nos permite poner el ego, sustantivo de dar, al servicio del mundo.

Treinta años como terapeuta…
Sí, comprobando algo muy básico pero esencial: que el autoconocimiento no te hace más feliz, pero te hace más libre.

Usted, ¿qué ha aprendido que le sirva?
Que somos más resistentes de lo que pensamos.

Vivió la tragedia de la muerte de una hija.
Y a mi otra hija, Ana, le detectaron un cáncer en el mes de enero.

¿Y le da algún sentido?
Yo evito el dolor, soy un adicto al placer, soy un glotón, y me ha tocado enfrentarme a cosas que son difíciles, pero he aprendido que hay una posibilidad de sostener lo disfórico, lo chungo.

¿Cómo?
De distintas maneras. Con la muerte de María tuve claro que lo que tenía que hacer era llorar. Y me pasé meses y meses llorando, afortunadamente muy bien acompañado por mi familia. Ese llanto me partió el corazón, pero la vida, Dios, o como quiera llamarle, encontró una rendija por la que colarse.

No lo entiendo.
Se me abrió una dimensión espiritual.

¿Qué le pasó a su hija?
La atropellaron en un paso de cebra a los 12 años. Con la indemnización cumplí un sueño de adolescencia: me compré un pedazo de tierra de labranza, consciente de que debía entregarme más a la vida y no posponer.

Allí lleva a sus pacientes.
A los buscadores, a que labren la tierra, planten olivos, cultiven fresas, recojan aceitunas, prensen aceite. Son retiros de atención para reencontrarse con uno mismo y con la parte espiritual de la naturaleza.

Siempre estamos atentos a algo.
Por eso debemos adiestrar la atención. La neurosis no es más que poner la atención de manera compulsiva en determinados procesos dejando fuera otros tantos.

¿Así sanó usted sus heridas?
La rabia es golosa, cuando la expresamos nos sentimos poderosos. No hay que reprimirla, hay que hacer algo con ella.

Para vivir conforme y a gusto, ¿qué deberíamos entender?
Que la angustia se alimenta de la oposición que le hacemos.

Lo que resistes persiste.
Si cuando viene la angustia somos capaces de decirnos: “¡Ah, vale…!, ahora siento angustia”, pasa. Se puede quedar unos minutos, horas o un par de días, pero se irá. La cosa es darle tiempo y espacio a todo aquello que aparece en la conciencia.

¿Aceptar sin reflexionar?
Exacto. Fritz Perls, padre de la terapia Gestalt, decía que el porqué te lleva a la causa de la causa de la causa… La vida es más compleja, no hay una única causa, es multicausal.

¿Qué hacemos para mejorar nuestras relaciones?
Sería suficiente con el conocimiento de uno mismo y la limpieza de corazón, que viene a ser lo mismo. Mejoramos siendo honestos, siendo sinceros.

Nos conocemos a nosotros mismos a través de los demás.
Esa fue precisamente una de las aportaciones de la Gestalt respecto al psicoanálisis. La Gestalt defiende que la cosa no es mirarse de piel hacia dentro, sino en el contacto, identificando cuándo nuestro discurso es falso o verdadero.

Explíqueme esa distinción.
¿Estoy hablando con usted independientemente de lo que ocurra después con mi discurso, o mi discurso tiene que ver con lo que saldrá después en La Contra? Ese es el trabajo fundamental: ahora, ¿eres ego o eres esencia?

¿Con qué solemos tropezar?
Con la ignorancia, el deseo y la aversión. No nos enteramos de que el fondo de la mente está vacío, no hay ningún yo. Yo son muchos. Hubo unos cuantos yoes que de pequeñito decidí que eran yo y descarté otros, pero eso no debe ser inamovible.

Descífreme el deseo.
Lo esencial es sencillo: no te pasa nada si no obtienes lo que deseas. La aversión nos sitúa ante la idea de que la vida tiene que ser como yo decido que sea, frente a “es así”.

Que la historia le ponga ante la posibilidad de perder a otra hija, ¿no le rebela?
Me provoca presencia, y así puedo extraer lecciones. Mi hija Ana y yo teníamos previsto un viaje a Marrakech, el primer viaje a solas, pero la enfermedad lo impidió.

¿Y cuál es la lección?
No estábamos preparados para hacer ese viaje, no teníamos el suficiente vínculo. Ahora sí podríamos hacerlo, después de todas las horas de hospital y toda la relación que ha nacido y que no estaba antes. Me he interrogado mucho acerca de lo que significa ser padre. La vida siempre nos interroga donde somos frágiles.

¿Qué podemos darles a nuestros hijos?
Limpieza, no meterles cosas que son nuestras, decirles: “Me está pasando esto contigo en lugar de tú eres tal…”, y lo que todos sabemos: presencia, compañía.

Lleva 34 años haciendo cursos de sexoterapia gestáltica.
Nos han contado que sexualidad es coitalidad, pero por encima de eso está el erotismo y la sensualidad, que consiste en percibir la energía de la vida a través de los sentidos; y por encima de todo está la libido, la vida abriéndose paso.

Fuente: La Contra

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