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Sufrir de amor

Las relaciones no son un camino de rosas. Los neurotransmisores relacionados con el amor parece que lo impiden. Las áreas cerebrales afectadas producen insomnio, miedo y cierta predisposición obsesiva hacia el ser amado.

«Me gustas tanto, te amo tanto, que eres como una droga, y cuando no estás sufro, me siento rota, me falta algo». ¿Es la canción de un bolero? ¿Tal vez las confesiones íntimas de la protagonista de una telenovela? ¿O la realidad pura y dura? «Es la realidad pura y dura. Son palabras de una de mis pacientes que estaba dudando de si cortar con su pareja para no sufrir más por amor», explica Esther López, psicoanalista.

¿No hay amor sin sufrimiento o esto es una barbaridad heredada de sometimientos y abusos de épocas pretéritas? ¿Tal vez es una herencia cultural de aquellos cuentos de príncipes azules y bellas princesas buscando la mítica media naranja? A lo mejor es la atracción por las his-torias de amor imposible. En cualquier caso, ¿es normal sufrir por amor?

Sí y no. En un principio los expertos coinciden en que una cosa es el amor y otro el sufrimiento. Pero algunos matizan y quieren recordar que no hay personas perfectas ni situaciones ideales, y eso, irremediablemente, conlleva que amor y sufrimiento vayan cogidos de las manos. «Y no es una excepción. Es más habitual de lo que la gente está dispuesta a admitir realmente», comenta Esther López. Y si el lector cree que está ante la ebullición emocional de adolescentes, tampoco lo acierta. «El amor aparece en cualquier edad y con él también el sufrimiento», especifica Esther López. Y pone un ejemplo. «Dos personas pueden quererse mucho, sienten amor. Pero si por cambio de trabajo uno de los dos se marcha a vivir a dos horas del otro, casi es inevitable el sufrimiento».

También lo afirma José Antonio Portellano, psicólogo clínico y profesor titular de psicobiología de la Universidad Complutense de Madrid. «El sufrimiento no es una patología del amor, es una parte inherente. Si alguien asegura lo contrario, que no sufre nunca, es muy raro, porque está relacionado. Es el resultado normal de la acción de los neurotransmisores y de las hormonas en los centros cerebrales. Es lo que llaman la química del amor, que entre otros aspectos, activa el mismo centro cerebral que los drogadictos, el núcleo Accumbens, también llamado el centro del placer. Es pequeñito y se encuentra en la base del cerebro. Ahí actúa la dopamina». Así que tampoco hace falta estar a dos horas de distancia para sufrir, aunque ambos pongan toda su buena intención. Se sufre siempre.

Jacques Salomé, psicosociólogo y formador en relaciones humanas, autor de entre otros libros Éloge du couple (Elogio de la pareja), explica que «los hombres y mujeres de hoy viven la pareja como un lugar de transformación personal que les permite acceder a una doble intimidad. Intimidad común y compartida, intimidad personal más reservada», es como una nueva dimensión del amor en una relación de pareja. Pero advierte que esta conquista «no sucede sin algunos sufrimientos y a veces incluso la decisión de separarse». Después añade que actualmente las mujeres «han pasado de un idealismo romántico a un realismo relacional tierno y lúcido, inscrito en el presente, activo y abierto a las relaciones de reciprocidad, de cocreatividad y coasistencia». Al menos dicho así suena muy bonito. Esther López explica que en talleres de hombres y mujeres es fácil llenarse la boca de relaciones de reciprocidad y de cocreatividad. «Son palabras bonitas y deseadas, sin duda, pero que esconden una realidad difícil. En la práctica es difícil encontrar parejas que nunca hayan peleado, reñido o gritado.

El amor de pareja quiere establecer vínculos posesivos. Es lo que tiene la lluvia hormonal. Cuando surge el amor los niveles de dopamina aumentan considerablemente. «La dopamina es un neurotransmisor comodín que vale para muchas cosas: el placer, el bienestar, la excitación». Pero también está relacionado con el desarrollo de las adicciones porque actúa en el centro cerebral del placer y recompensas. Si a ello se añade que con el tiempo y la intensidad del impulso, los receptores se van desensibilizando a la dopamina, para conseguir el mismo placer requerirá mayores dosis de dopamina. Así que nunca será suficiente, siempre se querrá más. ¿Quién no va a sufrir cuando nunca es suficiente? «Por si fuera poco, además de la dopamina, con el amor también aumentan los niveles de la norepinefrina, que produce hiperactividad, insomnio, miedo y predispone a la obsesión», sigue explicando José Antonio Portellano. Así que bienestar y malestar van unidos. «En un amor sano es inevitable tener miedo a perder a la persona querida. Hay cierto nivel de posesividad. Cuando no estás con la persona amada produce displacer», afirma este experto. No se sabe si la condena divina existe, pero la biológica parece ser una realidad inapelable.

Cristina Llagostera, psicóloga experta en terapia familiar, también asegura que la pareja «no puede existir sin tensión ni malestar. El otro refleja cosas de ti mismo. Y en el interior de uno hay muchos conflictos sin resolver. Así que la relación con la pareja es una oportunidad; una oportunidad para crecer, una oportunidad para aprender. También es un reto que busca el equilibrio entre el malestar y el bienestar, que van juntos. El problema no es que haya malestar, el problema es que prevalezca el malestar. En este último caso podemos hablar entonces de crisis por ese desequilibrio». Más sufrimiento. Y las expectativas también juegan una mala pasada. Por eso Mónica Lapeyra aconseja que cuando una pareja atraviesa momentos de crisis, «una práctica muy sanadora es cuestionarnos cuánta exigencia, cuántas expectativas estamos poniendo en nuestra pareja. Y también qué estamos poniendo de nuestra parte para que la relación avance, porque a menudo se nos olvida revisar nuestro papel». Y como recuerda Cristina Llagostera, esas expectativas se han ido forjando por las experiencias familiares vividas. «Y cada persona es un mundo».

El sufrimiento por amor también es alimentado por los estereotipos. «Los estereotipos de lo que debe ser una pareja normal pueden llevarnos a la rigidez, y se trata precisamente de que cada pareja busque la mejor manera de funcionar desde lo que la propia experiencia les demuestra que les sienta bien, con toda la amplitud de la expresión. Dar un lugar a la creatividad y a la creación de nuevas fórmulas», explica Mónica Lapeyra. Ojalá, porque visto lo visto, José Antonio Portellano recuerda que hay razones biológicas, psicológicas y sociales para sufrir de amor. ¿Dónde está la magia del amor? Habrá que seguir indagando.

Fuente: Estilos de Vida. La Vanguardia.

Texto Jordi Jarque  – 23/10/2010

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